Bellissimo racconto di Giovanna Zunica, pubblicato su Bibliomanie, n° 8, gennaio-marzo 2007.

La mia vicina scolla gli occhi dal libro e chiede curiosa: «Ma chi era? Un giovane?» Rispondo: «No, era una donna.» «Una donna?» replica stupefatta. «Sì», le dico. Trovo le parole e aggiungo: «Noi donne pensiamo di essere migliori degli uomini, ma forse non è vero». Le scappa una risata, chissà cosa ha capito, ma subito torna seria e si immerge nuovamente nella lettura, come se pensasse che non è il caso di dare troppa confidenza a una sconosciuta in autobus. Una donna.
Implicitamente avrò suggerito bada che io, con la mia aria candida, potrei essere una ladra o un’assassina. O forse quello che ho detto tra le righe è bada che tu, con quell’aria per bene, che ne so se sei una che riga dritto? Oppure si è semplicemente confusa per via della mia faccia un po’ straniera, senza mandorle e senza cacao. Faccia di dove? / Faccia lei.

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(recibido por email)

De: Carlos A. Laserna

La ciudadanía ha logrado hoy una conquista que enluta a todos por igual, a los gobernantes y a los gobernados, a los vecinos y a los campesinos, a los k’aras y a los t’aras, a los jóvenes y a los viejos… ¡a todos!

Hay quien dice que la victoria en una batalla no asegura el triunfo en una guerra.

Y lo que nos está sucediendo… es que ¡estamos en una guerra!

¿Quién la inició? ¿Quién la declaró? ¿Quién tiró la primera piedra?

¿Cuándo empezó? Acaso… ¿eso importa?

Yo soy periodista y, desde mi retorno a Bolivia, trabajé en periodismo callejero, aún cuando dirigía un medio de comunicación.

Hace 26 años, como periodista convencido que la peor democracia es mejor que cualquier dictadura, yo mismo promovía las manifestaciones masivas y públicas contra la dictadura de aquel entonces y salía a las calles a cubrir (y apoyar) esas manifestaciones y brindaba información que, por su oportunidad, podrían cambiar el curso de la historia.

La incipiente televisión me abrió una enorme posibilidad para lograrlo. Hay, todavía, quienes recuerdan que nuestras entrevistas en las Provincias de Cochabamba, reproducidas en los noticieros centrales, incluían por primera vez las respuestas de los entrevistados en su idioma nativo. Esto fue una novedad pues, hasta ese momento, sólo aparecían en programas etnográficos especiales.

Poco tiempo después logramos instalar el primer canal privado de televisión, abriendo posibilidades de hacerse oír a enormes sectores de la sociedad antes marginados. Sin lugar a dudas, abrió posibilidades de actividad económica… pero sus beneficios no me llegaron. Fuimos pioneros y su historia pareciera ser siempre la misma.

En años más recientes he trabajado para el Estado boliviano apoyando y realizando acciones que promueven el desarrollo económico y social, la inclusión de la población en la toma de decisiones que afectan a su propia vida y la mejora de las condiciones de vida de la población, entre otros muchos aspectos. Hemos (todos quienes hemos trabajado en ello) aportado resultados positivos de estos esfuerzos.

Para muestra… bastaría con ver los resultados de los proyectos “Desarrollo Democrático y Participación Ciudadana” y “Acceso a Mercados y Alivio a la Pobreza”.

Hace poco más de un año, como resultado de elecciones, libres, transparentes y democráticas, resultó elegido Evo Morales Ayma. Quien tiene convicción democrática acepta, aún a disgusto, la selección de un candidato que accede al poder por esa vía. No muchos de los ganadores en estos 24 años contaron con mi voto, es verdad; pero siempre reconocí como mi Presidente a quien resultó elegido.

Morales aún no ha cumplido un año de gobierno… y estoy convencido que él no pasaría ningún examen, si hubiese uno para presidentes, para dirigentes, o para líderes.

Durante esta su gestión se ha empeñado en mantener un doble discurso (decir algo en un lado, algo distinto en otro o actuar de una manera distinta a lo dicho anteriormente, ya no importa cuál de las dos anteriores oportunidades). Y, sin embargo, ha dejado bien en claro su objetivo: el control hegemónico y centralizado del poder. Y es esto lo que no debiéramos perder de vista. Puede no tener una ideología (lejos está de ser socialista), una idea de país (lejos está de tener esa aspiración), o ser sensible a la población (lejos está de respetar incluso a quienes lo han apoyado para llegar hasta donde ahora está), ha hecho, hace y parece que lo seguirá haciendo: hace de todo para lograr el poder hegemónico.

En estos días, Morales ha apoyado a los “movimiento sociales” que lo respaldan a tomar la ciudad de Cochabamba… han incendiado la Prefectura, nos impiden trabajar, circular, hablar o protestar… mientras, nosotros, debemos verlos ocupar las calles y avenidas, con palos y machetes, cohetes de bengala y cachorros de dinamita, quedarnos callados y, muchas veces, retroceder.

Hoy se convocó a la ciudadanía a una segunda marcha pacífica, para pedir el cese de esa presión cocalera y el respeto al “estado de derecho”. Sólo por esto último, nuestro concurso a la concentración y a la marcha ya se justifica.

¿Cuántos “campesinos” habían logrado “venir” hasta la ciudad de Cochabamba? (Ni siquiera importa si les llegaron a pagar la dieta diaria.) Cuatro? Seis? Ocho mil? Cada día nos hacían saber que podían llegar más y MAS. La concentración logró reunir mucho más. Estoy seguro que decir 24 mil ciudadanos no estaría por encima de cualquier cálculo sensato; todo lo contrario. ¿Se trataba de medir fuerzas?

Pues las fuerzas se midieron. La ciudadanía reconquistó la Plaza de las Banderas, avanzó por El Prado y la Plazuela Colón. Como parte de un grupo numeroso, llegamos hasta la 25 de Mayo y Colombia. Ahí, la Policía nos detuvo y no permitió que avanzáramos a la “reconquista” de la Plaza Principal. Unas pedradas y unos gases lacrimógenos se cruzaron en esa esquina.

Yo entendí que debía ser el final del esfuerzo. Que el objetivo de “hacer saber” que la ciudadanía del Municipio de Cochabamba no se iba a dejar amedrentar por los “movimientos sociales” había sido alcanzado, me dispuse a regresar sobre mis pasos. No había caminado cien metros de regreso, cuando los cocaleros se aparecieron por los costados. La Policía les había permitido pasar por las calles San Martín y España, cercándonos y atacándonos.

Las siguientes tres cuadras fueron eternas. La gente corría despavorida, mientras los cocaleros producían una lluvia de piedras.

No sé de cómo ni porqué… decidí caminar con paso seguro, mirando de reojo por si veía alguna piedra en dirección mía, y escuchando el ruido de las que caían en las paredes y ventanas a mi izquierda, y viendo a los corredores recibir los impactos. Cruzar la Plaza Colón y superar la primera cuadra de El Prado, sin recibir ningún tipo de proyectil y sin ser “capturado” por los enardecidos cocaleros que pasaron por mi lado, me parece increíble… una suerte de milagro.

En ese momento, yo no sabía de las muertes… la de un cocalero y la de dos jóvenes citadinos. Sí sabía de los varios heridos y, puedo asegurar, que yo mismo impedí que fueran más o que queden en peor estado.

Hemos ganado (los ciudadanos) esta batalla, sin habernos propuesto hacerla.
Nos duele en el alma.

¿Quién va detener esta guerra? ¿Cuándo va a terminar? ¿Quién tiene la razón? ¿Le interesa a este Gobierno terminarla?

Por las declaraciones esta noche… no lo van a hacer, por lo contrario… van a seguir promoviéndola. No le interesa ni la legalidad ni la legitimidad. Escucharlos (al Presidente en ejercicio, a su Ministro de la Presidencia, a los Senadores y Diputados, a los jerarcas de la Iglesia, a la mayor parte de los periodistas) en los noticieros de la televisión… produce náuseas. Es increíble cómo intentan hacernos creer como verdad la mentira oficial… cuando la realidad que hemos y estamos viviendo es distinta.

¿Quieres circularla esta nota entre amigos y compañeros? Puedes hacerlo.

Mi nombre es Carlos A. Laserna y le pongo la firma.

PS. Tampoco me molesta si retiran mi nombre y la hacen suya.

Hoy ya tranquilo y con la cabeza fría, me puedo dar cuenta del grado de violencia que vivimos en los enfrentamientos ayer, en diferentes puntos de la ciudad. Es difícil comprender que alguien que pudo estar al lado tuyo gritando, ahora le quitaron la voz, y mas aun saber q a pocos pasos tuyos la muerte estaba ahí, que por cuestión de decisiones, que si derecha, izquierda o recto…no te pase nada.

Me acuerdo ahora de la impotencia que sentíamos al no poder cruzar la Av. 25 de Mayo y Colombia, al grito de la plaza es nuestra y que debíamos recuperarla, a puro corazón llegamos a ese punto después de haber recuperado la plazuela de las banderas, después de muchos piedrasos en el prado y a puro grito de guerra en la Av. 25 de Mayo. Que mierda como no llegamos a la plaza 14 de septiembre, decía ayer. Hoy solo puedo decir 2 cosas, que llegamos a ese punto a puro corazón y que gracias a Dios no llegamos a la plaza ( pregúntenme porque). Yo estuve en la “emboscada “en la 25, salir de esa lluvia de piedras no fue fácil, fue suerte, no como muchos que tuvieron
que treparse o directamente entrarse a casas para resguardarse.

Gracias a Dios estamos en nuestras casas con mínimas heridas los que estamos, a comparación de otros que están mas graves.
¡Mucho corazón Cochabamba!… pero ahora es tiempo de reflexionar, tenemos que ponernos la mano al pecho y pensar donde nos va a llevar toda esta violencia, quien y como la detiene?

Martin Lucas Zavaleta S.

Una foto: la baranda de un puente, unas cholas, y en primer plano unos militares armados. Hay otra gente que puebla casi toda la imagen, así que voy a mirar mejor la baranda: es el puente de Cala-Cala, me digo. Sigo husmeando con los ojos y noto los faros del estadio. Confirmado, es ese puente.
Sé que la Bolivia que dejé hace más de seis años ya no existe. Por eso mismo quisiera volver a a ella, para tocar sus viejas arrugas y sentirme un poco extranjera con sus nuevos tatuajes. No tengo otros lugares parecidos: no hay plazas o calles, todavía, que evoquen tantas cosas en mí como Cochabamba. Al fin y al cabo es una ciudad con poco encanto: su casco viejo no es digno de ese nombre, no tiene mucha personalidad, se parece a cualquier ciudad relativamente modernizada del mundo. Avenidas, fast-foods, tiendas de ropa… Y las periferias son como las de otras latitudes. Con qué hierbas me cautivas, pregunta Matilde Casazola.
Las noticias me llegaron muy poco a poco. Hace una semana supe que habían bloqueos. Luego, el viernes, mi hermana me escribió diciendo “no se preocupen, estamos bien”, y comencé a preocuparme, “la abuela está bien, ella vive lejos de los conflictos, aunque yo vivo cerca del puente de Cala-Cala…”. Más tarde di una vuelta por la red y zas. Enfrentamientos, dos muertos, más de doscientos heridos.
Es la primera vez que sé de algo por el estilo. Ya se dieron, en el pasado, enfrentamientos entre partidos políticos, entre sectores específicos, pero no entre blancos e indios (es decir, no en la época reciente). Y sin embargo era algo que debía suceder tarde o temprano.
Confieso que sentí cosas diferentes respecto a los muertos: me conmovió más el joven, Christian Uresti, el “blanco”. En parte porque estudiaba en el colegio Anglo Americano, que yo frecuenté por muchos años como scout; porque estaba en el curso de la hijastra de mi tío; porque sus padres eran amigos de otra tía mía; sobre todo porque yo, en fin, soy blanca. Está claro que por mis venas corre también sangre india, faltaría más, pero eso no se nota en la piel.
Me angustia lo que pasa en Cochabamba, pero lo que más me angustia es, sin duda, no poder comprenderlo. Perdí el hilo. Ya no sé si lo que sé sobre la gente boliviana corresponde realmente a lo que es o a mis recuerdos. Recuerdo haber sufrido discriminación como blanca. Recuerdo haber amado las tradiciones, los ritos paganos. Recuerdo haber detestado malos olores y cebollas en los micros, uñas sucias y sudores. Recuerdo el pasaje del Correo, las losetas amarillas y rojas con esas hendiduras, que sonaban tan bien cuando uno arrastraba los pies. Recuerdo los libros usados. Recuerdo las flores de la plaza 14 de Septiembre, la estatua, las caquitas de las palomas. Recuerdo la avenida América.
Basta, back to Italy.