Cómo gasto papeles recordándome…

Cómo gasto papeles recordándome, cómo me hago hablar en el silencio, cómo no me quito de las ganas aunque nadie me vea nunca conmigo. Y cómo pasa el tiempo, que de pronto son años, sin pasar yo por mí detenida.

Me doy una canción, como mínimo. Aunque jamás imaginé que podía pensar en mí como amante mía, y mucho menos con la letra de Silvio – tan atinada en este (mi) momento. Si sigo con el ejercicio veo que esta canción me queda muy bien, dirigida hacia mí:

Me doy una canción
si abro una puerta
y de las sombras salgo yo,
me doy una canción de madrugada
cuando más quiero mi luz,
me doy una canción
cuando aparezco
el misterio del amor
y si no lo aparezco
no me importa:
yo me doy una canción.

Si miro un poco afuera me detengo,
la ciudad se derrumba y yo cantando,
la gente que me odia y que me quiere
no me va a perdonar que me distraiga.

Creen que lo digo todo,
que me juego la vida
porque no me conocen
ni me sienten.

Me doy una canción
y hago un discurso
sobre mi derecho a hablar.
Me doy una canción
con mis dos manos,
con las mismas de matar.

Me doy una canción
y digo: Patria.
Y sigo hablando para mí.
Me doy una canción
como un disparo, como un libro,
una palabra, una guerrilla…
como doy el amor.

Digestión lenta

Un día, en vez del almuerzo de siempre, te comes un jabalí enorme. Hay de todo, carne, grasa, huesos, tuétanos. Sientes el sabor de cada pedazo que te metes en la boca (no creo que lo metas en las orejas), comes chupándote los dedos. Hasta que te das cuenta de que te comiste un entero jabalí. Y que te tomará medio siglo terminar de digerirlo. Así que gozas por el placer de masticar carne verdadera y sabrosa, pero sufres porque sabes que te arrastrarás pesadamente por un buen tiempo, hasta que termines de hacer la selección, de asimilar y rechazar, según.

Retrato de grupo con rompecabezas

Apenas te haces un propósito noble, que harás realidad con una acción generosa y sin esperar alguna recompensa, la vida te pone a la prueba y te bofetea una situación peliaguda. Deberías ser noble y generoso, en cambio sientes tu ego herido y pones delante los brazos como reflejo de protección. Sólo un imprevisto te obliga a tragarte el orgullo, calmarte y pensar con la mente fría. Poco a poco logras ponerte en los paños del Otro y entender por qué te trató así. Te toma tiempo, sin embargo, hacer algo en serio, que corresponda a lo que sientes.
Entonces tú también te tomas algo de tiempo, para terminar de digerir y asimilar las cosas. Limpias tu casa y te dices que por fin, era hora, ahora sí que tienes el espacio ordenado que puede acoger mejor el trabajo de la mente, sin ponerle obstáculos cada dos por tres. Encuentras incluso, de casualidad y en un lugar obvio, un documento médico que buscabas desde hace un mes. Te duchas, te vistes, te maquillas y te vas al teatro.
Te suspendes y entras en la obra, vuelves a casa y para despejar tus nubes te arrimas al rompecabezas: falta poco, te dices, ¿y si tratara de terminarlo ahora? Y así, una pieza tras otra, vas llenando los espacios que quedaban vacíos del fondo, ese fondo casi uniforme y aparentemente tan difícil, que rodea a los enamorados de Klimt que se besan… Hasta que, casi sin darte cuenta, terminas. ¿Ya está? Sí, ya está.
Terminas también de pensar, de darle vueltas al asunto, de llorar, de lamentarte. Pensabas terminar el rompecabezas hacia el diez de octubre y en cambio está listo con dos semanas de anticipación. A lo mejor, pero no lo piensas muy fuerte por si las dudas, también otras cosas podrían terminarse antes de lo previsto. Podrías terminarlas.

Hay lecturas y lecturas

Hoy terminé el libro que me ocupaba: casi 300 páginas en una semana. Nada mal, sobre todo teniendo en cuenta mis ritmos de los últimos años (nulos). Y es que cuando uno tiene verdadero interés no hay límites que lo detengan.
Hoy releí viejas cartas, en realidad lo hago desde hace un par de semanas, las paso de la casilla de correo a un documento especial. No todas las cartas, sino aquellas, las importantes. Hace un año, hace uno y medio, hace algunos meses, él me decía ya las cosas que yo ahora voy poniendo en orden. Superficialmente parece que yo repita, claro, de puro floja. Y no, no es así. Es que no importa cuántas veces y de qué modo te digan ciertas cosas, si no las digieres y elaboras tú es como si no las hubieras oído nunca. Así que apenas, con gran conmoción, logro atar unos cuantos cabos sueltos, me doy cuenta, pocos días después, que él ya me había dicho todo eso tal cual. ¿Dónde estaba yo, cuando me hablaba o me escribía?
Bueno, lo que sé es que ahora estoy aquí, y cuando hablamos escucho y hasta hablo.
Hablo.

En el claro de la luna

(Silvio Rodríguez)

En el claro de la luna
donde quiero ir a jugar,
duerme la Reina Fortuna
que tendrá que madrugar.

Mi guardiana de la suerte,
sueña cercada de flor
que me salvas de la muerte
con fortuna en el amor.

Sueña, talismán querido,
sueña mi abeja y su edad;
sueña y si, lo he merecido,
sueña mi felicidad.

Sueña caballos cerreros,
suéñame el viento del sur,
sueña un tiempo de aguaceros
en el valle de la luz.

Sueña lo que hago y no digo,
sueña en plena libertad,
sueña que hay días en que vivo,
sueña lo que hay que callar.

Entre las luces más bellas
duerme intranquilo mi amor
porque en su sueño de estrellas
mi paso en tierra es dolor.

Mas si yo pudiera serle
miel de abeja en vez de sal
¿a qué tentarle la suerte
que valiera su soñar?

Suéñeme, pues, cataclismo,
sueñe golpe largo y sed,
sueñe todos los abismos,
que de otra vida no sé.

Sueñe lo que hago y no digo,
sueñe en plena libertad,
sueñe que hay días en que vivo,
sueñe lo que hay que callar.

Sueñe la talla del día,
—del día del que fui y del que soy—
que el de mañana, alma mía,
lo tengo soñado hoy.

(1974)

Escucha la canción.

La mujer(,) (y) la propiedad privada

Hace ya semanas que yo hinchaba las pelotas a mi madre y le decía que debía comprarse otra computadora, el bicho que tienen en casa es tan lento que ya no da ni para abrir una pinche página en Firefox. Y ella postergaba la cosa, que ya veremos, que el dinero, etc. Hasta que el domingo pasado mi padre, en medio almuerzo, me dijo con voz ceremoniosa y preambulosa: “Mariela, quisiera pedirte un favor, necesitamos tu ayuda, aunque bien podríamos pedirle a tu hermano, pero es que a lo mejor él tiene unas ideas fijas, si consultamos a los dos pueden ver juntos bla bla bla etc etc etc; la mami necesita urgentemente una computadora nueva”. En ese momento levanté las manos y dije (casi) aleluya, en realidad dije “¡por fin!”. Mi hermano dijo “pero si hace rato que lo decimos nosotros también”, y yo le contesté, justamente, que mientras no hubiera la voz oficial nada se hacía. Y lastimosamente es cierto, pocas cosas son las que decide autónomamente mi madre, en general o deciden juntos, hasta para lo que es dominio exclusivo de ella (como en este caso, ya que la computadora es para su trabajo y mi padre no la tocaría ni pagado), o decide él. O si decide ella es él, en definitiva, quien sanciona las cosas, quien pone el sello de “autorizado”.
En fin, ayer fui con mi padre y uno de mis hermanos a comprar la tal computadora, portátil para que mi madre la use también cuando va a sus cursos o a visitar a las familias a lugares lejanos. Cuando ella llegó para la cena, ya bastante tarde, quedó muy contenta con la sorpresa, no esperaba que hiciéramos la compra tan pronto. Y además nos vio, a mí y a mi hermano, sudar la gota gorda para configurar todo para ella: caracteres grandes para sus problemas de vista, eliminación de iconos inútiles en el escritorio, accesos rápidos a cosas indispensables, instalación del messenger para que chatee con sus hermanos y sus amigos… Cuando por fin se acercó a probarla y yo le iba a mostrar las principales novedades, dijo: “ay, qué emoción, nunca habría imaginado que iba a tener una computadora toda para mí”. Lo dijo con candor, seguramente sin pensar en lo que decía, y me dejó anonadada. Mi madre, como muchas mujeres, no se esperaba poder poseer algo, no llega a concebir la propiedad privada como algo que puede corresponderle de manera natural. Ella se considera únicamente como parte de una colectividad, la familia, y la individualidad se pierde en ese conjunto o se atenua mucho – por lo menos así es en su caso. Mujer como propiedad privada (del marido o de la familia), no como individuo con derecho a la propiedad privada.
Creo que lo que más me impresionó de este episodio fue que yo no había pensado en ello antes, que recién me voy dando cuenta de este status quo. Que, lo sé bien, difícilmente cambiará.

Mensaje a mis mujeres

Queridas,

recibí el mensaje de abajo por email, pero yo la verdad no creo en Dios. Así que les dejo el mensaje original, y debajo pongo mi versión. Quédense con el que mejor les siente, para mí lo fundamental es siempre igual: las quiero mucho y les deseo lo mejor.

Besos,

Mariela

———- Forwarded message ———-

Querido Dios,
La mujer que está leyendo esto es hermosa, elegante y fuerte y la quiero mucho.
Ayúdala a vivir su vida al máximo. Por favor promuévela y también sus objetivos para que exceda sus expectativas. Ayúdala a brillar en los lugares más obscuros donde es imposible amar. Protégela siempre. Levántala cuando más te necesite y haz que sepa cuando camina a tu lado; Ella estará a salvo siempre.
Ahora estas bajo tiempo! en 9 minutos algo te hará feliz, pero deberás decirle a 9 amigas que las quieres, incluyéndome.

Aquí va la versión marielesca:

Querida amiga,
Eres una mujer hermosa, elegante y fuerte y te quiero mucho.
Ayúdate a ti misma a vivir tu vida al máximo. Promuévete y también a tus objetivos para que excedan tus expectativas, sin esperar a que los demás lo hagan por ti. Ayúdate a brillar en los lugares más obscuros donde es imposible amar. Protégete siempre. Levántate cuando te caigas y si es necesario pide ayuda. Si crees en un dios, que tu fe sea genuina y profunda, profésala en cada gesto, vívela todos los días, llévala a la práctica. Tú estarás a salvo mientras ames de verdad – a los demás y a ti misma – y estés siempre completamente presente en lo que haces, sin fingir, sin engañarte, sin traicionarte.

Ya sabes que la vida es dura, pero en cualquier momento algo te puede hacer feliz, depende de cuán alertas estén tus antenas (por eso decía lo de estar presente). Pero la dicha es aún más radiante cuando la compartes. No dejes nunca de comunicar cuánto te importan tus seres queridos, con actitudes y con palabras. No esperes a que llegue Navidad para hacerlo. Si quieres puedes reenviar este texto por doquier, si en cambio prefieres otras vías, puedes usar el teléfono (sí, existe todavía, no todo es email) o hasta el correo de papel.

Un gran abrazo a todas, ya nos escribiremos con más calma cuando se agoten las fiestas.

Mariela

Como un desahucio…

Como un desahucio lento, legal y doloroso
amnistiada por fin, libre del todo.
Me levanté un día y vi otro rostro, una vida
que no era ya la mía. Ni siquiera escrita
en la lista de los desaparecidos. Poesía
perdida que la robó otro. Otro.
Decía, que tengas buenas pesadillas, puta
mientras daba la vuelta dentro de un pijama
roto y ensangrentado por sus propios arañazos.
Un papel y otro lo decían, y lo decía él,
y yo me lo creía.
Doce apóstoles. Doce
años de lágrimas y surcos
doce gotas de suero.
Nadie te creerá nunca, me decía.
No te dejo señales. No te pego.
No tienes pruebas. Necesito
escasamente dos minutos
para hacerte llorar. Y yo lloraba.

Consuelo García del Cid Guerra
“Al ladrón”, 2005-2007