De cielos y nubes

Aquí, en el noreste italiano, el cielo suele ser blanco plomizo, raros son los días en que se ve un pedacito celeste. Un buen azul mediterráneo se puede encontrar con facilidad, en cambio, en el sur de Italia. Si se buscan azules hermosos, no mediterráneos, recomiendo los de las zonas andinas. En especial el del lago Titicaca es una maravilla, incomparable. O el del salar de Uyuni. El viaje es largo, pero vale la pena.

Un elefante…

Francesca tiene 2 años y 5 meses. Después del almuerzo la dejé corretear por el patio, libre y sin límites. Cuando se cansó entró a la casa y le propuse que nos echemos en mi cama a leer un cuento. Aceptó, pero una vez acomodadas me pidió que me pusiera a cantar. Así hice, mientras le rascaba la espalda. Yo cantaba y ella me decía “la pala” (la espalda), “la quila” (la axila), “l’ompo” (el hombro). Especificaba dónde quería ser rascada y disfrutaba de la sesión como un gatito mimoso. ¡Pero no se dormía! La idea era que se durmiera, cuando no lo hace llega a las 8 de la noche agotada y no deja de hinchar las pelotas. Canté todo mi repertorio, desde los pollitos a la vaca lechera, pasando por arroz con leche, pin-pon, el gallo pinto, dame una mano, campanero, el cucú, naranjitay… En fin, recurrí a la artillería pesada: los elefantes. Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña, como veía que resistía, fue a llamar a otro elefante. A partir del trigésimo elefante mi ritmo fue disminuyendo y mis ojos amenazaron con cerrarse. Menos mal que al trigésimo noveno apareció el primer bostezo de la pequeña diablita y cinco elefantes después se durmió.

negros y abuela

En la adolescencia me encantaban los negros y llegué a convencer de su sensualidad incluso a mi abuela, que era racista. Digo “era” no porque se haya muerto, sino precisamente porque le quité toda huella de racismo viendo juntas las olimpiadas y comentándole cada buen atleta que aparecía.

Sin pelos en la lengua

Yo hace tiempo me depilaba con afeitadora. Desde que vivo en Italia me afeito las axilas sólo en verano, en invierno ni loca expongo mi piel a semejante tortura para colmo congelándome, que la calefacción apenas puede con esta humedad… Piernitas bonitas igual, pocos pelitos delgaditos y claritos tengo, ignórolos por completo.

Moqueando un poco

Ayer me tomé un breve descanso. En la mañana fui a una entrevista de trabajo y en la tarde jugué en el jardín con mi hija Francesca. Es cierto: a veces no hace falta más que detenerse por un momento, sentir la brisa, mirar las nubes teñidas por el atardecer. En poco tiempo se logra dejar el peso en el suelo.

Pero es que justamente nos dejamos atrapar por el tiempo. Queremos tener todo resuelto, como si todo fuera a acabar mañana, como bien dijo un amigo. Ese es mi problema, en parte. Quisiera ya haber aclarado y definido muchas cosas, quisiera tener las bases sólidas para poder construir con tranquilidad. Pienso en la película “Velocidad personal”, de Rebecca Miller (acabo de descubrir que originalmente era un libro). Efectivamente cada uno tiene su ritmo, su velocidad para crecer.

Si cuento todo lo que me asusta, angustia o atrapa resultaría aburrido o pesado. Bueno, lo contaré igual, pero no de un solo tirón. Seré desordenada, paciencia, pues quiero ir adelante sin estar puliendo mucho lo que sale de mi cabeza.

Quería (quiero todavía) escribir una columna que hable de la vida cotidiana. Pero no me puse las pilas para poner en marcha el proyecto, pues prefería arreglar otros asuntos antes de emprender con una nueva iniciativa. Aquí está uno de mis puntos débiles: decidir. Me dedico a la traducción desde hace poco (3 años), me ha costado aprender (sola) y lo peor, o lo mejor, es que me he dado cuenta de que no es lo que quiero. La historia es un poco más larga y complicada, trabajo desde los 19 años, me inscribí en varias universidades, nunca terminé nada, cambié de ciudad con frecuencia, cambié de país, cambié de pareja… Por eso tengo un poco de miedo, de que sea el enésimo cambio de ruta por infantilismo o qué sé yo. Lo que más me gusta, lo que mejor sé hacer, lo que más satisfacciones me da… es escribir.

Alguien dirá: ¡pero si escribes muy bien! Ya me lo han dicho varias personas, de diferentes proveniencias y lenguas. Pues he comenzado a escribir también en italiano hace 1 año, y también ahí me dijeron que escribo bien. Me encantaría vivir de la escritura. Pero tengo miedo de decirlo en voz alta. Tengo miedo de que se me tome por loca irresponsable, soñadora… “Llevas 3 años intentando ser traductora, y ahora que comienzas a tener clientes sales con otra cosa”. Esa podría ser una cosa que me diría mi compañero.

Ah, hablando, escribiendo se van aclarando las cosas y se las ve con más claridad. No tengo intenciones de dejar de traducir, al menos no para quien me busque y me pague por ello. Pero quiero poner todo mi tiempo y mis fuerzas en algo que realmente amo. Tengo poco tiempo y poca energía. Tengo 2 niñas pequeñas en casa, la mayor, Francesca, tiene 2 años y 5 meses y recién en septiembre comenzará con el jardín de infantes. Ahora la mando a veces donde una abuela, pero no siempre se puede. A veces viene mi madre, y menos mal más adelante podrá venir más seguido. Hasta junio. Mi niña más pequeña se llama María y tiene 4 meses. Toma sólo mi leche, así que ya se puede imaginar. Por lo menos ya duerme toda la noche, ¡hasta 12 horas seguidas! Los hijos son maravillosos, pero a veces es frustrante tener tanta fertilidad mental y andar escasa de cuerpo y tiempo para hacer todo lo que necesito hacer, ni qué hablar de lo que quisiera hacer.

Con mi compañero, Giovanni, decidimos que las niñas se quedarían con nosotros, hasta el momento en que vayan a la escuela. O sea hasta los 3 años. Es una linda idea, pero la práctica resulta un poco menos idilíaca.

Bueno, me estoy extendiendo mucho. Es que es tan complicado hablar de una cosa descontextualizada, sin antecedentes, como flotando en el aire. No tiene sentido.

Otra cosa que me hace sufrir es la soledad. Por el lugar en que vivimos, por la dificultad de encontrar gente inteligente y/o sensible con quien entablar una conversación, por la poca gente que veo. Termino refugiándome en mis relaciones a distancia, pues mantengo contacto con muchos de mis amigos bolivianos, e hice nuevos amigos por internet. Pero el calor de un abrazo, una caricia en la cabeza… no tienen igual.

Yo sé que soy privilegiada en muchos sentidos, que tengo casa y comida, vivo en el bienestar material. Es el resto que me falta. De mis 8 a mis 24 años he vivido siempre en ciudades grandecitas, de entre 400.000 y 1 millón de habitantes. Ahora vivo en un pueblo chico, de 8000 almas, en una provincia conservadora y con escasa vida cultural (es un eufemismo decir escasa). Extraño la vida urbana, con sus patologías y todo.

Qué horror, me pongo llorosa y quejumbrosa. Telegráficamente:

– tengo muchos intereses, pero debo establecer pocas prioridades y concentrarme en ellas;
– me había endurecido y enfriado, resignada a no encontrar seres sentipensantes ya, y he tenido una hermosa sorpresa hace poco;
– me había dejado convencer de que mi sensibilidad era excesiva, un obstáculo, una melifluidad fastidiosa que había que evitar. Basta.
– llevo años huyendo de mí misma. Basta.

Así salió esto. Otro rato seré alegre, irónica, sagaz o mordaz.

Ser madre

¡Qué miedo da ser madre! Miedo de llegar a ser obtusa, de no entender a los hijos… Aunque eso es, en parte, inevitable. Miedo de no encontrar el equilibrio y pasar de un extremo al otro, del ombliguismo más egoista a la falsa preocupación por los asuntos ajenos. Miedo de estar muy ausente, de estar demasiado presente, de ser muy severa, de ser demasiado permisiva. Se trata de recordar la propia “hijez” (¿cómo se llama la condición de hijo?) para identificar las reales necesidades de los hijos.
Lo mejor sería relajarse, pero no siempre es posible.

El broli

Terminaba de barrer la cocina para quitar todos los pedacitos de comida que mi hija deja esparcidos después del almuerzo, y pasando junto a la ventana vi el cartero que dejaba un sobre grande y gordo sobre uno de los pilones de la reja. Desconecté la alarma, bajé las escaleras al trote, me quité las pantuflas, me puse los zapatos y corrí hacia el paquetito. Lo tomé entre mis manos y leí el esperado remitente: Universidad de Alicante.
Volví de prisa a la casa, abrí el sobre mientras subía los escalones de dos en dos. Fui al dormitorio y le di el libro a mi cítrico para que lo viera mientras yo atendía a la niña, que reclamaba la teta. “Oh, qué edición”, me dijo. “¿Está todo en español?”. Sí. “¿Es italiano?”. No, pero claro que puede confundir con ese nombre. Tomé el libro y lo hojeé rápidamente para al menos tener una vaga idea de su estructura. Lo dejé sobre la mesa de noche para amamantar a mi hija. Pocos minutos más tarde fue ella misma quien lo “estrenó”, lo botó al piso y se subió encima. Claro, anda con la manía de treparse a todas partes y es tan grueso ese texto…
Yo creí que la Teoría general de la mediación interlingüe de don Sergio Viaggio iba a tardar más en llegar, pues había pedido el envío por tierra. Ahora tendré que abandonar por un buen tiempo La seducción, de Baudrillard, que comencé justo ayer.