[Punto Aparte] Un sólido nudo de dolor

camminata fra gli alberi

Hace algunos días fue publicado un artículo mío sobre la vergüenza, escrito para el cuarto número de la revista Punto Aparte. Aquí está un pasaje:

La vergüenza que nos negamos a enfrentar nace en la infancia y nos reconduce siempre, inevitablemente, a la infancia. Nos hace sentir incompletos y pequeños, vulnerables y frágiles, expuestos a los demás. Nos lleva a apuntar el dedo hacia otra persona o situación para liberarnos del peso de nosotros mismos – peso adquirido, recordémoslo, no intrínseco. Llega irruenta y atroz, se revela en todo su paradójico esplendor atropellando nuestro cuerpo y nuestra necesidad de controlar la situación.

La vergüenza es un camaleón huidizo y flexible, cabe en todas partes. Ni bien crees haberla domesticado con lo mejor de tu artillería racional, hete que se asoma desde rincones olvidados y se presenta con un nuevo antifaz en el momento más inoportuno, exactamente cuando necesitabas todo lo contrario.

La versión completa está en Punto Aparte.

Del dicho al hecho

Una cosa es saber, tener conciencia, entender, incluso digerir algo. Otra cosa es que este conocimiento se refleje en nuestros actos, en nuestra vida cotidiana. Es el paso que aún no logré dar.
Ya eliminé a todos los fantasmas que había creado a mi alrededor, ahora de verdad no me queda otra que tratar conmigo. En eso estoy, pero cuánto cuesta, precisamente, que todo sea congruente, coherente, continuo, sincrónico. Si hasta ahora hice todo al revés, ¿lograré volcar la tortilla?

Author Mariela De Marchi Moyano Category Textos

Crónica de un nacimiento anunciado

Fueron días pesados y densos, al final de los cuales cualquier mínimo estímulo de reflexión me ponía en un estado de angustia, porque llegaba casi siempre a las mismas conclusiones: mis límites, mis carencias, el largo camino por andar (en subida, empinadísimo). Terminaba hecha trizas, agotada, desgastada. Y es que era todo cierto, pero no lo era todo.
Tras una crisis bastante aguda me puse mejor, aunque jamás habría imaginado que podía suceder de este modo, con semejantes episodios. Primero fue una lectura que me iluminó, mostrándome la otra cara de la moneda (¿qué podía hacer yo, de niña, sino armarme de una serie de mecanismos de defensa y perpetuarlos en modo automático?, son los mismos que actúo ahora y me basta invertir las cosas para comprender cada uno de mis gestos y hasta perdonarme), y esto todavía es bastante lógico, al final la lectura te lleva por zonas que no son tuyas siendo de todos modos, al mismo tiempo o en potencia, tuyas. Después fue una caca de perro que pisé apenas salí de casa y que me hizo putear, tuve que volver adentro y cambiarme, menos mal que estaba saliendo con relativa anticipación respecto al horario que me había fijado. Finalmente fue un grupo de teatro que presentaba un curso el que me dio el golpe de gracia.
Este último, el grupo, era espantoso: se hacían a los payasos todo el tiempo, no eran claros, no explicaban bien, sus actitudes eran muy de posa, o muy intelectualoides o demasiado de actores impenetrables, el lugar estaba lleno de gente fifí, un penetrante olor de perfumes de mujer te taladraba las narices y el cerebro, la gente estaba vestida con uniforme (de hippie, de chico rebelde, de chica alternativa, de mujer fatal, todos personajes en busca de una obra), para colmo una señora a mi lado parecía morirse de calor y no paraba de ventilarse nerviosamente con el folleto del curso. Todo este ambiente me sacaba de quicio y terminada la cosa salí cabreada, los habría agarrado a sopapos, y eso me ayudó a exprimir mis sentimientos y sacar la rabia. Y secar un poco, la rabia, quitarle las lágrimas y quedarme con su fuerza, su energía.

Author Mariela De Marchi Moyano Category Textos

Yes we can

Se pueden decir las peores cosas con dulzura. Se puede acariciar con un puñete. Se puede golpear con una caricia. Lastimosamente.
Cuando te dices que algo te gusta solo para sufrir menos, para que la violencia sea menor, no estás solo mintiendo: cambias los parámetros, los criterios, los límites, los puntos de referencia. Si para colmo lo haces sistemáticamente con un sinfín de cosas, terminas por no entender qué es lo que sí te gusta, o pierdes la capacidad de hacerlo. Te dices que no hay mal que por bien no venga, pero por más que sea cierto no logras aceptar que las cosas no están bien. Entonces dale con que sí, está bien así, de todos modos se aprende, a recomenzar cada vez, a desandar lo andado. Lo que se hace por constricción termina por aparecer como una elección, la condena como un premio, el error como un simple ejercicio, el abuso como cariño, el cariño como una amenaza.

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Mujer precavida…

La imaginación no sirve solo para pensar en cosas fantasiosas, historias imposibles, personajes inexistentes. Sirve también, o sobre todo, para pensar en las posibilidades reales, en lo que efectivamente puede o podría suceder.
Hoy hice un ejercicio: imaginé una situación que yo deseaba pero que en parte temía. Así pude crear el episodio y meterme tanto en él que llegué a sentir, de verdad, lo que podía sentir en esa situación. Lo curioso es que después de un par de horas, por pura casualidad, estuve a punto de vivirla en la realidad. Me rozó, por un pelo, y sentí exactamente lo que había previsto.
Hay emociones para las cuales no es posible prepararse adecuadamente. Sin embargo, el imaginar un específico tipo de situación te lleva a conocerte y a saber cómo manejar las emociones. No podrán ser eliminadas, por supuesto.

Author Mariela De Marchi Moyano Category Textos

Metal y escoria

No sé ni de dónde sale, pero sale, la fuerza. Cuando me caigo de sueño porque estoy despierta desde las 6 y trabajo horrores, me voy a la cama y leo. Leo ese libro. Y no sólo porque es de la biblioteca y tendré que devolverlo, lo leo porque me urge.
Mi fuerza, sin embargo, funciona con las mismas leyes de mi debilidad. Es un modo contradictorio, confuso, ambiguo, desconfiado y retorcido de actuar. Así como la memoria elimina y el olvido conserva. Y no en el sentido de Everness, yo no salvo por igual el metal y la escoria. O a lo mejor (a lo peor) sí, pero sin entender qué es metal y qué es escoria. Ahora que vuelvo a leer este poema, después de tantos años, me parece otro, Otro.

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Retrato de mujer

Encontrado en un libro, me describe a la perfección. Pero lo que describe no es la perfección, naturalmente, todo lo contrario.
Comienza la convivencia conmigo, comienza la soledad. La soledad encontrada cuando huía de la soledad. La soledad como consecuencia de haber sacado la cabeza. La soledad que queda de la indiferencia de los demás. Soledad de no poder decir, de no poder contar, de no poder explicar, pues nadie llegaría a comprender ciertas cosas. Soledad, en parte, necesaria.
Esta noche comenzaré el libro.

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L’enfer c’est les autres

Así decía Sartre, el infierno son los demás. Si yo vivo el infierno es precisamente para defenderme de los demás, la amenaza la veo por doquier. Sólo que poco a poco me convertí yo misma en la amenaza que tanto temía. O simplemente temía equivocarme y con tal de confirmar mis temores terminaba por ser la fautora de mis males.
Yo evitaba a los demás, y el mejor truco para lograrlo era parecerme a ellos, engañándolos así, engañándome, lastimosamente, así. Para alejarlos me acercaba, o fingía hacerlo, y así los alejaba, aunque no se dieran cuenta. Y lo que más me daba rabia era precisamente eso: que no se daban cuenta. Y es lo que me empujaba a seguir haciéndolo, a detestarlos, a querer parecerme más para ser yo otra cosa. Era tan parecida que era completamente diferente. Pero el engaño, la venganza y la traición son boomerangs y me dieron un golpe tremendo en la cabeza, así, paradójicamente, por mucho que tratara de parecerme a los demás para ser diferente, terminé por ser exactamente como ellos. Una rueda que giraba y giraba y giraba sin llevarme a ningún lugar me agotaba, me desgastaba, me desangraba.
El verdadero infierno son, efectivamente, los demás. El infierno mío por lo menos es mío, sobre todo cuando lo llamo con su nombre. Y lo conozco, sé dónde comienza, sé, por fin, cómo convivir con él, como amansar las llamas. “Lo haremos habitable”, dijo una vez el que yo sé, el que sabe. Así será.

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Sangre

Llegó hasta el río. Pero por lo menos, por fin, salió de donde estaba, hizo un hueco o muchos, no sé, duele tanto que ni veo bien cómo es que se las arregló. Ahora que tiene por dónde salir ya no se pudrirá. Y algún día coagulará como se debe, y dejará cicatrizar la piel.

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Rien ne va plus

No se aceptan más apuestas, lo que está en la mesa es lo que vale. ¿Saldrá rojo o negro? ¿Pares o nones?
Esta no es la ruleta, no se espera el azar. Esta es la vida y se pone esfuerzo cada día, y tras un resbalón uno se levanta. Y tras cien resbalones uno se levanta cien veces.

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Silencio y paciencia

El arte de pasar todo el día sola y sin hablar con nadie. Me corrijo, casi nadie: el señor de la hemeroteca, mi ex en la reunión del kinder de María, mi madre que me llamó por teléfono. En total quince minutos (a lo sumo) de intercambios vocales. Claro, email en algún momento, poquísimo chat.
No es que sea desagradable, simplemente me falta la costumbre. No es que yo no sepa qué hacer conmigo: lo que no sé es cómo lograr hacer todo lo que tengo en mente. Lo que me cuesta es hacer una cosa a la vez, con paciencia, aceptar que hay que darle tiempo al tiempo. Acordarme de que estoy yendo por buen camino y debo sólo perseverar. ¡Sólo perseverar! Ahí está el desafío.

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Mis abortos

Hace un par de meses comencé a escribir una lista de cosas que no hice, que dije que iba a hacer y no hice, o que comencé y luego abandoné. Al inicio me costó, luego poco a poco las cosas iban volviendo a la memoria y llegué al número 85. De vez en cuando me acuerdo de algo más y sigo anotando.

Esos son pequeños abortos, pequeños suicidios. Todas esas veces yo morí un poco. Sólo que no me liberé de los cadáveres y muchos se siguen pudriendo dentro de mí. Ahora, releyendo la lista, me doy cuenta de que efectivamente muchas cosas eran y son irrealizables. Pero hay otras, sí que las hay, que son sencillísimas y que no requieren quién sabe cuáles esfuerzos para realizarlas, sólo querer, sólo un mínimo de voluntad.
En esas ando. Una la hice. Una, con apenas tres meses de retraso. Hablé de mi relación con la web y la maternidad, ambas cosas muy enredadas entre sí gracias al Momcamp. Hubo quien vino a hablarme de mi “desahogo”, sin saber que de desahogo no tiene nada, que es una reflexión larga y tendida que tuve que sintetizar y concentrar en pocos párrafos, que no es algo que haya nacido en un dos por tres, que comencé a escribirlo hace casi dos meses.

Si para una cosa me tomó tanto tiempo, no sé cómo me irá con las otras, pero tal vez me resulte más sencillo con el tiempo, a medida que vaya viendo que sí hago, que sí puedo, que, sobre todo, sí quiero hacerlo.

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Un instante

Ayer mis niñas se fueron a casa de su padre, pasarán con él esta semana. Sólo que me olvidé darle a la mayor, de cinco años, un saquito con cintas de colores que ella había preparado para su kinder: tenían que hacer un trabajo manual para la Navidad. Así que esta mañana me puse despertador y fui a tomar el bus. No cualquier bus urbano, sino uno que lleva a 20 kilómetros de aquí, a Camisano, donde las niñas cursan el kinder.
Llegué y esperé y vi que no había leido con suficente atención los horarios. El bus de las 7:20 pasa sólo en los días laborales de vacaciones escolares. Me perdí el bus de las 7, obviamente, y el siguiente era recién a las 8:35, y para colmo me obligaba a llegar con retraso al kinder. No sólo: para volver habría debido esperar hasta las 11:40, toda una mañana. No, era demasiado. Pero tampoco quería dejar a Francesca sin sus cintas, pues se lo había prometido la noche anterior. Así que volví a casa para trabajar y partir a mediodía, horario en el cual hay más viajes.
Tomé el bus de las 12:36, llegué apenas pasadas las 13, fui al kinder y toqué el timbre. Desde afuera veía a los niños que correteaban por el patio central, recién habían terminado el almuerzo. Toqué otra vez, ya que nadie me hacía caso. Alguien respondió por el comunicador y le dije que era la mamá de Francesca, que debía dejarle unas cosas para la maestra. Abrió la reja y poco después me abrió la puerta de vidrio. Era una señora de la limpieza y no parecía muy contenta de mi interrupción. Le dije que esperara un momento y comencé a buscar con la mirada a mi niña. Hasta que la ví y comencé a mover los brazos para que me viera.
Finalmente me vio, corrió hacia mí sonriente y le di la bolsa de tela. ¡Sólo que ella se dio la vuelta y se fue! La detuve al vuelo: “¡Francesca, ciao!”. Ella volvió, me dio un beso y se fue. Yo la vi irse, me di la vuelta y salí, tras agradecer a la aburrida señora.
Esperé media hora en un bar y tomé el bus de vuelta a Vicenza, a casita, a trabajar.

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